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Los milagros PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Jueves, 24 de Septiembre de 2009 15:44

Nunca el hombre en la vida está contento, siempre tiene un afán y en su delirio a veces, su ingenioso pensamiento sirve de pedestal a su martirio.

Dios le otorgó benigno su ternura, pero el mortal indiferente y loco no apreció en su valor tanta ventura y dijo con desdén, esto es muy poco.

Busquemos en el mundo las delicias ya que los años pasan tan veloces; del placer apuremos las primicias, y en las riquezas los febriles goces.

Y en la última década de la vida cuando ya el corazón no se impresione, y esté nuestra ilusión desvanecida, pediremos a Dios que nos perdone.

Otros hombres más ciegos todavía ofrendas al Señor le prometieron, si éste a sus peticiones accedía; hablando vulgarmente, un pacto hicieron.

Si a un niño de la muerte lo salvaba el divino Hacedor en su clemencia, su madre con la cera se encargaba de pagar a la unta Providencia.

Y una figura pálida y graciosa representando un ángel sonriente, colocaba la madre cariñosa en el altar del Dios Omnipotente.

Y con dejar magníficos cabellos, y de bruñida plata grandes ojos, y joyas de prismáticos destellos ya no, había que temer de Dios enojos.

En el lenguaje humano faltan nombres: para calificar tanta ignorancia; según su ceguedad creen muchos hombres que de ellos al Eterno, no hay distancia.

Y que el Señor se muestra complacido si torren en bazar su santuario, pues por aquellos dones se ha sabido que Dios tiene un poder extraordinario.

¿Qué más milagros, míseros mortales, queréis hallar que vuestra propia vida? ¿No os bastan los reflejos celestiales de ese sal que a otra esfera nos convida?

¿Del mar rugiente las nevadas olas, y del Cielo los mágicos colores; Y el perfume que guardan las corolas de las gentiles y lozanas flores?

¿El león que ruge en la abrasada arena y la hormiga industriosa y diligente?...

¿El mundo no es, en fin, la prueba plena de lo que vale el Ser Omnipotente?

Entonces, ¡oh mortal! ¿Por qué te empeñas en demostrar de Dios el poderío? ¡Si son todas tus pruebas más pequeñas que en los mares las gotas del rocío¡ ¡Si tienes otra ofrenda que Dios ama y que siempre la acoge con anhelo! ¡Si tienes la oración, fulgente llama, que ilumina las bóvedas del cielo!

Tienes la Caridad, que patentice la divina verdad del Cristianismo cumpliendo aquel mandato que nos dice: Al prójimo amarás como a ti mismo.

No es necesario que inventemos nada para probar de Dios la Omnipotencia, donde el mortal dirija su mirada ¡siempre hallará la Santa Providencial.

Amalia Domingo Soler