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Por regla general, el hombre ama los lugares donde fue dichoso, y le inspiran aversión los parajes donde cayó abrumado bajo el peso enorme de la cruz. Y aunque la reflexión nos haga considerar que lo que tiene que efectuarse se efectúa, lo mismo en un sitio que en otro, domina al hombre esa preocupación, sin eximirse de su influjo ni el sabio ni el ignorante.
Nosotros confesamos ingenuamente que recordamos con horror algunos lugares donde hemos sentido esos dolores agudísimos, esos accesos de profunda desesperación, esa agonía que concluye con todas las esperanzas, dejándonos sumergidos en el hondo abismo del abatimiento. ¡Cuánto se sufre cuando el alma se abate! Cuando el desaliento nos cubre con su manto de nieve o su capa de fría ceniza, cuando todo se ve muerto..., cuando el no ser parece el porvenir de la Humanidad.
Casi, casi no es extraño que se miren con cierto temor los parajes donde hemos sufrido, y que se recuerden con indecible placer los puntos donde hayamos reposado de nuestras habituales fatigas siquiera haya sido por breves momentos. Pocos días de sol hemos tenido en esta existencia. Hemos recorrido varias ciudades, y al dejarlas, nuestro corazón no ha tenido que latir con más violencia que de costumbre, a todas partes nos ha seguido esa sombra muda, ese fantasma fatídico de nuestra expiación, que, como indudablemente ayer sembramos vientos, hoy hemos recogido abundante cosecha de tempestades.
Los que viven en un naufragio continuo tienen pocos instantes de alegría, pero como nadie se va de la Tierra sin haberse sonreído, sin haber reposado algunos instantes, para seguir después con más ánimo su penosa jornada, nosotros, en cumplimiento de esa ley, también hemos tenido algunos momentos de reposo y de dulce contemplación en la orilla del mar. Sí, allí, solos ante la inmensidad, o acompañados de una hermosa niña de cinco años, y un pequeñuelo de tres primaveras, hemos preguntado a las olas: -Decidme, ¿dónde está la felicidad? Y ellas, levantando montañas de nevada espuma, parecía que nos contestaban: En la lucha incesante del trabajo. Sigue nuestro ejemplo. Y seguíamos con mirada afanosa su continuo movimiento, admirando su espléndida y variada belleza, porque nada cambia tanto de forma y de color como las olas. Siempre son bellas, siempre hablan al corazón sensible contándole una historia interminable, siempre trazan en la arena misteriosos jeroglíficos, huyendo presurosas, volviendo con afán a dejar en la playa sus líquidas perlas.
El mar es la fotografía de la Creación. En él todo es renovación y vida, en él siempre hay dos fuerzas en continuo trabajo: La fuerza absorbente, y la fuerza expelente. La una y la otra se complementan en su eterna lucha; sin la una, sería nulo el trabajo de la otra. El mar nos parece el manto de Dios. ¡Qué hermoso, qué hermoso es! Con sus múltiples colores, cuando recibe la lluvia de oro que el sol le envía en sus rayos luminosos, cuando la luna le cubre con su manto de plata o los crepúsculos con sus nubes de púrpura. El mar siempre es grandioso, siempre es admirable, siempre sorprende con un nuevo encanto, siempre le ofrece al hombre pensador un libro inmenso donde estudiar las infinitas maravillas de la Creación. La dulce voz de una niña vino a sacarnos de nuestro arrobamiento. Volvimos a la vida real, y miramos a la pequeña Rosita, que ha sido siempre nuestra inseparable compañera en la orilla del mar. También se ve a Dios en el rostro de un niño, porque irradian en sus ojos los resplandores del cielo. Seguimos nuestro paseo deteniendo nuestras miradas en una joven pareja que jugaba con las olas, riéndose alegremente cuando la blanca espuma salpicaba sus vestidos con nítidas perlas. ¡Qué risueña es la juventud!
Durante algunos momentos contemplamos a los seres que nos rodean, y observamos que entre todos escribíamos una página de la historia humana. Rosita y su hermano jugaban en la arena alegres y confiados. Su buena madre los miraba con placer, para ella sus hijos son lo más hermoso de la Tierra. La joven pareja que jugaba con las olas, Celia y Enrique, que entre los dos no cuentan medio siglo, se miraban amorosamente, para ellos el todo está en su amor, y nosotros, sin la alegría de los niños, sin la bendita satisfacción de su madre, sin la dulcísima esperanza de Celia y Enrique, mirábamos el mar viendo en sus movibles olas algo que nos hablaba de Dios y nos hacía pensar en la eternidad. El dolor es el agente del progreso, que a muchos espíritus les dice: ¡Levántate y anda! ¡Cuánto tiempo hace que su voz resuena en nuestro oído! Antes de dejar aquella tranquila playa, entramos en la humilde casita donde tantas veces hemos escuchado al médium parlante inspirado por el espíritu del padre Germán. Nos detuvimos en la salita donde hemos oído frases tan consoladoras, dimos gracias en nuestra mente a aquellas paredes que nos habían guarecido, a aquellas sillas que nos habían servido para reposar, ¿y cómo no dárselas?, si en aquella habitación hemos recibido tan instructivas lecciones, tan sabios, tan prudentes consejos, dadas las unas y los otros con tanto amor, con tanta paciencia. Un espíritu amigo nunca se cansa de aconsejar y de instruir. ¡Qué inmenso es el amor de los espíritus! Llegó el instante de partir, y abandonamos la casita, la playa, las rocas, las olas, ¡todo quedó allí!...
Cuando dejemos la Tierra, indudablemente nuestro espíritu irá a aquel lugar, se detendrá en aquellas rocas, y siendo cierto (como dice Draper) que siempre que se proyecta una sombra sobre una pared deja en ella una huella permanente, estando probado que las imágenes del pasado se encuentran grabadas en los cuadros del éter, lo mismo que los sonidos de las voces pasadas, y hasta los perfumes de las flores marchitas hace siglos y los aromas de las frutas, que pendían de los árboles cuando el hombre no había ensayado aún el vuelo de su pensamiento, allí nos contemplaremos, allí nos veremos tristes y abatidos lamentando la eternidad de la vida, creyendo que era la eternidad del dolor. Allí volveremos a oír la voz del padre Germán, que tanto nos impulsa hoy al progreso, que tanto nos alienta, que tanto nos inspira. ¡Oh!, sí.
Al dejar este mundo iremos al paraje donde estuvimos ayer dándole un adiós. Seríamos muy ingratos si olvidáramos el inefable consuelo que en aquel punto ha encontrado nuestro espíritu. Cuántas veces hemos llegado a aquel lugar lamentando las miserias humanas, y al dejarlo hemos sonreído gozosos, murmurando con íntima satisfacción: ¡Qué bello es vivir cuando se confía con nuestro progreso indefinido y se ama la verdad suprema, la eterna luz! ¡Adiós, humilde casita! ¡Playa tranquila! ¡Olas envueltas en nevada espuma! ¡Rocas cubiertas con su manto de algas!
¡Adiós! ¡Adiós!..
Amalia Domingo Soler.
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