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Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Domingo, 16 de Agosto de 2009 16:32

I

El gabinete en que me hallaba estaba amueblado con gran lujo; pe­ro ni sus ricos cortinajes de raso azul, ni sus sillones dorados, ni su ve­lador de palo de rosa con incrustaciones de nácar, que era una maravilla del arte, ni sus rinconeras que sostenían canastillas doradas llenas de flores, llamaban mi atención, porque todas mis miradas estaban fi­jas en una hermosísima muñeca que parecía una niña de dos años, ves­tida con su traje de raso blanco y un sombrero de paja de Italia adorna­do con plumas crema y una mariposa de esmeraldas.

-¡Qué muñeca tan preciosa! -dije con entusiasmo-; no me canso de mirarla.

-Demasiado buena; porque tú ya sabes lo que es mi hija, que pare­ce que tiene fuego en las manos -me contestó Celia-.Como mi Pepe es tan amante de sus hijos, no le duele gastar el dinero en esas cosas. Con lo que él se gasta en juguetes, habría para hacer felices a dos o tres familias pobres.

-No hay hombre que no tenga algún defecto; más vale que a él le dé por ahí.

-Ya lo creo. Y no te figures que yo le acrimino, antes al contrario, le ayudo en su manía. Si quieres verlo contento, que yo entre en su despacho a enseñarle tambores y fusiles para Manuel y Alfredo. Si le vieras jugar, te reirías. Los chiquillos van a esperarle a la puerta de la Audiencia, y él, en cuanto ve a sus hijos, se olvida de todo: coge a la ni­ña en brazos y cruza la Puerta del Sol con Aurora en un brazo y la mu­ñeca en el otro. Al hablar de muñecas, voy a contarte la historia de mi casamiento, que tiene sus ribetes dé novela, y te autorizó para que la publiques cambiando los nombres y el lugar de la acción.

-No temas, seré la discreción personificada.

-Ya sabes que a los catorce años me casó con un anciano millonario. A los dieciocho quedé viuda y dueña de una inmensa for­tuna. Tuve, como puedes presumir, muchos adoradores, y mi mano muchos pretendientes. Era muy rica, y todos me halagaban; pero yo quería casarme enamorada, y ninguno de mis amadores había logrado interesar mi corazón. Por entretenimiento, más que por virtud, entré a formar parte de varias sociedades benéficas, y una semana fui con otra señora a visitar a una pobre familia, compuesta de cinco individuos, tres de los cuales estaban postrados en el lecho del dolor. Mi compañera y yo nos senta­mos, y a poco de estar allí, se oyó toser en el cuarto inmediato. Sin dar­me cuenta de lo que hacía, pregunté:

-¿Quién tose ahí?

-Un vecino -me dijeron-, un muchacho muy pobre y muy orgu­lloso; la tisis lo mata; no puede trabajar; y sin embargo, a nadie pide na­da, ni quiere ir al hospital.

-¿Y en qué trabajaba?

-Estudiaba para abogado. Estaba en casa de un juez, que le quería mucho; pero murió aquel señor, y la familia puso en la calle al protegi­do. Siguió el pobre estudiando con mil apuros, y tanto ha trabajado pa­ra ganarse la vida, que se ha ganado la muerte. -¡Pobre joven!

-Sí, es un infeliz; no tiene más falta sino el ser muy orgulloso: aunque lo maten, no dirá que se muere de hambre.

Mientras más me hablaban de él, más me interesaba aquel ser tan desgraciado. Volvió a toser con gran fatiga, y yo, levantándome como movida por misterioso resorte, salí y llamé a la puerta del cuarto del enfermo. Oí pasos, y el que es hoy mi marido y me hace la más dichosa de las mujeres, abrió la puerta y me preguntó con sequedad qué de­seaba. Quedéme cortada, sin acertar a responder; no hacía más que mirar­le. Por fin, disimulando cuanto pude, le dije que buscaba quien se encargase de dibujar varios manteles de altar, para bordarlos las niñas de un colegio del cual era yo fundadora. Ofrecióme la única silla que ha­bía en el cuarto, y él se quedó en pie apoyado contra una mesita. Un ca­tre sin colchón, con la silla, la mesita y un cofre, constituían el mueblaje; se conocía que él estaba violento; pero trató de dominarse, y me preguntó si me corrían mucha prisa los dibujos. Yo le contesté lo me­jor que pude, cuando de pronto, como el infeliz estaba de pie, y, según se supo después, hacía dos días que no tomaba alimento, le vi palide­cer y caer, antes de poder yo sostenerlo. Pedí auxilio, salieron los vecinos de las otras buhardillas, y a más de una mujer compasiva la vi llorar, diciendo al mismo tiempo:

-¡ Pobrecillo! Se muere de hambre, pero él se tiene la culpa; es muy orgulloso.

Inmediatamente le hice llevar una buena cama; le mandé mi médi­co, y una de aquellas vecinas se ofreció para cuidarle. Por fortuna, no estaba tísico: lo que tenía era que se moría de inanición. Yo estaba enamoradísima de él, y él de mí; pero con su dichoso or­gullo, se callaba como un muerto. Le busqué una colocación en casa de un abogado, y a los seis meses no parecía el mismo: había resucitado. Yo estaba impacientísima, esperando que me dijeran sus labios lo que me decían sus ojos. Así pasamos un año. Un día fue mi doncella a su casa a llevarle unos libros, y al volver me dijo:

-¿A que no sabe usted lo que tenía el señor García encima de su mesa? ¡Una muñeca!, una muñeca muy hermosa. Porque la toqué con la punta de un libro, me echó una mirada... y cogiéndola con gran cui­dado, la puso sobre la cama.

Al oír estas palabras cogí la pluma y le escribí una carta llena de dis­parates, pidiéndole explicaciones por qué tenía una muñeca en su poder. No sé los castillos que formé en mi imaginación. Yo quería a mi Pe­pe con delirio; el abogado en cuya casa trabajaba, lo quería como un padre: me decía que era lo más bueno que se había conocido; que era todo un caballero. No puedes figurarte lo que sufrí aquel día; los celos me devoraban. Yo pensaba: «¿Si será casado, y esa muñeca será re­cuerdo de alguna hija suya?» Llegó la noche, y vino mi Pepe muy serio y muy triste: por vez primera me habló de tú, diciéndome con voz con­movida:

-Celia, habrás extrañado que no te hayan dicho mis labios lo que habrás leído en mis ojos. Yo te amo como mereces ser amada, y mi única felicidad hubiera sido casarme contigo; pero grandes obstáculos nos separan: el primero, tu inmensa fortuna; el segundo... la historia de mi vida. Voy a dejarte por esta noche todo lo que más amo en la Tie­rra: los fragmentos del diario de mi protector, que él mismo me entre­gó, y la muñeca, que vale para mí más que todos los tesoros de la Tie­rra. Mañana volveré a recoger lo que es parte integrante de mi vida. ¡Adiós!

Y estrechando mi mano entre las suyas, me miró con profunda pe­na y se fue. Yo me quedé que no sabía lo que pasaba. Ni me atrevía a tocar el rollo de papeles, ni a abrir una caja forrada de terciopelo verde que ha­bía dejado sobre mi mesita de labor. Por fin, abrí la caja y saqué una muñeca preciosa, vestida con un traje de glasé azul, muy descolorido, y una gorrita de encajes, blanca, muy ajada. Al verla, sin poderme contener, me eché a llorar; cubrí de besos la muñeca, la apreté contra mi pecho, como si fuera una criatura la coloqué en mi falda y me puse a leer con avidez lo que ahora te leeré. Levantóse Celia, salió, y a poco rato volvió con un legajo de papeles amarillentos, se sentó, y con acento conmovido, leyó lo siguiente:

II

«¡Qué horrible es el crimen! Ayer Anselmo era un hombre honra­do, educaba a su hijo en la religión, y todas las noches le hacía rezar por el alma de su madre. Hoy es un asesino convicto y confeso: su tierno niño será mañana el hijo de un ajusticiado. »¡Y cuán hermoso es Pepito! ¡Con su frente blanca como las azuce­nas y sus ojos negros y tristes como su porvenir! »¡Cuánto quiere a su padre! ¡Qué inteligencia tan precoz! ¡Parece un viejo, y aún no tiene ocho años! ¡Pobre niño! ¡Cuánto perjudica a su salud el aire mefítico del calabozo! ¡Cuánto me quiere! ¡Cuánto me di­ce con sus miradas! ¡Con ellas me pide la vida de su padre! »Pepito está enfermo: ¿qué haré yo para distraerle? Una idea me ocurre: voy a llevarle una compañera, ¡una muñeca! Él es muy pacífi­co; estoy seguro que le gustan más los juguetes de las niñas que los que usan los niños; con todo, le llevaré una muñeca y una caja de soldados de plomo... »Hoy, al salir del calabozo, he llorado como un chiquillo. Pepito vio la muñeca, se abrazó a ella y la cubrió de besos. ¡Qué contento se ha puesto!... Sus ojos han brillado de placer: no sabía si llorar o reír; no encontraba sitio donde colocar la muñeca, y por último ha creído que sobre sus rodillas estaba mejor que en ninguna parte. »Me dice Anselmo que desde que tiene los juguetes su hijo, come con más apetito, juega con los soldados de plomo para divertir a la Mu­ñeca; cuando se acuesta la coloca junto a él, y hasta en sueños le habla y le pregunta si le quiere mucho... »¡Qué día el de ayer tan horrible! Mientras Anselmo estuvo fuera del calabozo para escuchar su sentencia de muerte, hice salir a Pepito con la muñeca y sus soldados, y le traje a mi casa, donde permanecerá. ¡Pobre niño! ¡Todo lo ha comprendido!... ¡Qué horror! Pero ni en me­dio de su angustia abandona a su muñeca, a su compañerita, como él la llama: la oprime contra su pecho y no exhala ni una queja.»

A estos fragmentos acompañaba esta carta: «Celia: ya habrás comprendido que el hijo del ajusticiado soy yo. El mismo juez que dictó su sentencia de muerte, me sirvió de padre, me hizo tomar y usar otro apellido de mis antepasados, y mientras él vivió fui hasta cierto punto feliz, porque hallé en él un espíritu que supo comprenderme. Su muerte instantánea y el egoísta proceder de su fa­milia conmigo, me hundieron en la miseria y en la desesperación. Al verme enfermo, acaricié durante algún tiempo la idea del suicidio: dos veces he querido morir, y en ambas, al besar por última vez a la compa­ñera de mi cautiverio, mi muñeca, me pareció escuchar la voz de mi protector diciéndome: "¡Espera!", y he caído de rodillas llorando co­mo un niño. »Ya sabes la historia de la muñeca que te inspiró tantos celos; ella me recuerda los dolores y las alegrías de mi niñez. »Abrazado a ella he dormido muchas veces: para mí es un objeto sagrado, que conservaré eternamente. »Eres joven, bella y riquísima: olvídame, porque entre los dos me­dia un imposible. Tú serás feliz, porque mereces serlo; y yo lo seré, sa­biendo que eres dichosa.»

III

La lectura de esta carta me dejó como te puedes figurar. Si amaba a Pepe con todo mi corazón, desde aquel instante me pareció imposible poder vivir sin él; y lo primero que hice fue guardar la muñeca y escri­birle una carta que le hizo venir más que aprisa. Pero no se arregló todo como yo deseaba; tuve que esperar cerca de dos años. Lo que sí conseguí fue que dejase la muñeca en depósito. Él se licenció de abogado, y no se cuándo se hubiera llevado a efecto nuestra unión, si un incidente extraordinario no hubiese quitado a mi Pepe los escrúpulos que tenía de casarse conmigo siendo él pobre y yo rica. Ya estaba resuelta a hacer donación de mis bienes a varios parien­tes y quedarme pobre para casarme con Pepe, cuando una noche vino mucho más tarde que de costumbre, y al preguntarle por su tardanza, me dijo que había estado en una reunión espiritista; que le había com­placido tanto, que iba a comprar libros y que estudiaríamos los dos.

Como yo no tenía más afán que complacerle, me faltó tiempo al día siguiente para comprar cuantos libros espiritistas encontré en las libre­rías de Madrid. Pepe lo tomó con tal entusiasmo, que organizamos un grupo familiar y obtuvimos muy buenas comunicaciones. Pepe resultó médium; pero los mismos espíritus aconsejaron que dejase de escribir, porque como es tan sensible, se conmovía demasiado. Una noche, nunca lo olvidaré, tuvimos un susto horrible. Púsose él a escribir; estaba pálido como un difunto. Inspirado por el espíritu de su protector, escribió con rapidez estas palabras: «¡Qué papel tan importante representan en la vida del niño los juguetes! ¡Hijo mío! Acepta los bienes de la Tierra, que el buen rico es la providencia de los pobres; y cuando tengas hijos, haz que éstos lleven juguetes a los hijos de los encarcelados. Estoy contento de ti.» Dejó Pepe de escribir, miró a todos lados como un loco, gritando: «¡Padre mío! ¡Llévame contigo!...»

Nos costó muchísimo tranquilizarle. Él decía que había visto a su protector y quería irse tras él. Enteróse de lo que había escrito, se cote­jó la letra de la comunicación con el manuscrito que él guardaba, y era la misma. Al fin se convenció de que era una insensatez rechazarla felicidad; y un mes más tarde fui su esposa. En diez años que llevamos de casados, no ha existido una nubecilla que empañase el cielo de nuestra dicha. Pepe es bonísimo, y en algu­nos días del año vamos a muchas casas pobres a remediar cuantos in­fortunios podemos.

IV

Se oyó ruido de un carruaje que entraba en el patio, y Celia salió co­rriendo a recibir a su marido en la escalera, volviendo a poco rato con su esposo, que se dejó caer en un sillón diciendo:

-¡Qué bien está uno en su casa!

Celia no había guardado el manuscrito; su marido reparó en él, y miro a su esposa, la que le dijo:

-Ahora lo guardaré: se lo he leído a Amalia. Como ella escribe, le puede ser útil.

-Escriba usted -replicó Pepe con acento emocionado-; diga usted que la comunicación de los espíritus es una verdad innegable, y que los juguetes son media vida para los niños.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "Cuentos espiritista"