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El mar de trigo PDF Imprimir E-mail
Amalia Domingo Soler
Escrito por Administrador   
Martes, 21 de Julio de 2009 15:52

El 24 de diciembre de 1887 ocurrió un lamentable suceso que los periódicos del 25 contaron del modo siguiente:

LA DOBLE DESGRACIA DE AYER

Ocurrió a las tres y media de la tarde en el muelle de Barcelona. Una familia aragonesa, compuesta de la madre, viuda, una hija casada y un hijo soltero, ya mozo, y convaleciente de una grave enfermedad, se hallaban a la referida hora sentadas las dos primeras en un tramo de una de las escaleras del muelle de Barcelona, y de pie, delante de ellas, el último, disfrutando de los benéficos rayos del sol para librarse del frío que reinaba, y bien ajenos todos, sin duda alguna, a la horrible des gracia que les amagaba. 

En el referido muelle se estaba procediendo, según parece, a la peligrosa operación de amontonar a granel el trigo descargado de uno de los buques surtos en nuestro puerto, y sea por haber flaqueado un lado de la muralla o borde que para contener el trigo amontonado se acostumbra a formar con sacos llenos del referido grano alrededor del sitio que para aquel objeto se destina, o sea que el peso del trigo rompiese la ligadura que ataba la lona que lo cubría, el caso fue que el trigo amontonado se corrió precipitadamente hacia aquella dirección, cayendo como una avalancha fuera del muelle por la parte en que se hallaba la familia arriba mencionada, dos de cuyos individuos, las dos mujeres, quedaron instantáneamente sepultadas. El hijo, al ver derramarse el grano, apresurase inmediatamente a acudir en ayuda de aquéllas, y cuando iba a tender las manos a su hermana, que le había cogido por una pierna, un saco que cayó del muelle le dio con fuerza en el pecho, lanzándole al suelo a regular distancia.

A los gritos que dieron cuantos presenciaron el suceso, acudieron trabajadores con palas para separar el trigo, en cuya tarea les ayudaron muchas otras personas, pero por más que trabajaron con ahínco tardaron un buen rato en dar con el cuerpo de aquellas dos infelices, que al ser descubiertas, estaban ya inanimadas. Las dos murieron por asfixia, demostrándolo la circunstancia de tener la boca abierta y llena de trigo que se les introduciría al querer respirar. El joven quedó, como puede suponerse, presa de la mayor desesperación al ver ante sí los cadáveres de aquellos seres queridos, con quienes minutos antes conversaba alegremente sin el más leve pensamiento de que pudiera ocurrirles tan terrible desgracia.

Un detalle: al apartar el trigo del sitio de la desgracia fue hallado vivo, junto a la pared a la que estaba arrimado, y de pie, un perro perteneciente a la familia víctima del desgraciado suceso. Un obrero que contempló aquella horrible catástrofe murmuró con tono sentencioso, señalando a los dos cadáveres:

-¡Qué contraste! ... Mientras un gran número de jornaleros sin trabajo se mueren de hambre, estas dos infelices mueren ahogadas en un mar de trigo.

Cuando leímos el anterior relato nos impresionó profundamente, como era muy natural, lamentando la muerte de aquellas dos pobres mujeres; pero nos impresionaron más aún las palabras del obrero: éstas fueron para nosotras una advertencia, un aviso que aprovechamos, preguntándole al Espíritu que guía nuestros trabajos si las palabras del obrero encerraban el compendio de una historia de horrores, y nuestro amigo invisible nos dijo lo siguiente:

"Tenéis un refrán o adagio en ese planeta, que dice: «Voz del pueblo, voz del cielo». Y nunca una inteligencia sencilla estuvo mejor inspirada que la de ese hijo del trabajo contemplando a las mujeres ahogadas en un mar de trigo. "Tened entendido que las muertes violentas obedecen siempre al cumplimiento de una ley ineludible: de dar a cada uno según sus obras. "Grandes, y muy grandes, son las culpas cometidas por el Espíritu cuando tiene que morir violentamente, cuando no puede preparar su ánimo para ese momento supremo en que ha de separarse de seres queridos rompiendo esos lazos humanos que constituyen, indudablemente, el todo de su vida terrena. Y aunque el acto de la muerte, filosóficamente considerado, no es más que el desprenderse de un traje más o menos pesado, quedándole al Espíritu su periespíritu, y con éste todas las sensaciones de la verdadera vida, puesto que el que abandona la Tierra no pierde ni el entendimiento ni la memoria ni la voluntad, ello no por eso deja de ser sensible y doloroso al abandonar unos lares donde se han escrito algunos capítulos más o menos interesantes de la historia eterna del Espíritu; y si es triste despedirse de aquellos lugares donde se ha vivido y se ha amado, muchísimo más violento es verse separado de improviso de las personas amadas sin haberles podido hacer esas advertencias, esos encargos sagrados de los últimos momentos que hasta los seres más ignorantes cumplen y respetan como un mandato divino.

"Las muertes repentinas, sea su causa cual sea, no lo dudéis, son un castigo que sufre el Espíritu; castigo merecido, indudablemente, mas no porque una sentencia sea justa deja de ser dolorosa su ejecución. "¿Por qué pensáis que generalmente el semblante de los ancianos adquiere ese tinte de dulcísima serenidad y hasta se dice que los viejos se vuelven niños? Pues es porque el Espíritu está íntimamente contento de haber estado en la Tierra el tiempo suficiente adquiriendo los conocimientos que necesitaba, saldando a la vez las cuentas que se propuso saldar. Podrá un anciano decir: ¡Cuánto me pesan los años! ... pero si aquel mismo Espíritu pudiera hablaros mientras su cuerpo reposa, quizá os diría todo lo contrario, pues se piensa de muy distinto modo adherido a un cuerpo achacoso a desprendido de un organismo cuyas múltiples e importantes necesidades fatigan y agobian al Espíritu. "Una existencia es un viaje que emprende el alma para su perfeccionamiento relativo, y así como vuestros exploradores terrenales están contentos y hasta orgullosos cuando dan la vuelta a ese mundo y penetran en las regiones inexploradas del mismo modo el Espíritu está satisfecho de su obra cuando contempla desde el Espacio su inservible envoltura diciendo ¡Pobre cuerpo mío! ¡Disgrégate en paz! ¡Cuán bien me sirvieron tus músculos de acero, tu sangre roja, la sustancia fosfórica de tu cerebro! ¡Fuiste mi corcel de batalla y siempre me salvaste de inminentes peligros! ... ¡Ya nada eres! Tus átomo se disgregan y en cada uno de ellos palpita aún la sensación que le imprimió mi voluntad. "Cada existencia es para el Espíritu un capítulo interesantísimo de su historia.

¡Ay de aquel que viene obligado a de prenderse de su envoltura cuando más apegado estaba a la vida terrenal, que se odia cuando enferma la razón, cuando Espíritu no encuentra en el cuerpo todos los órganos que necesita para manifestarse, y sino la prueba la tenéis en vosotros mismos! Cuántas veces decís que la vida la encontráis insoportable, que quisierais morir, y al mismo tiempo si sentís que algún peligro os amenaza huís instantáneamente y procuráis , poneros a salvo; viéndose más de una vez recobrar su habilidad a un tullido al ver correr hacia él a un caballo desbocado. La prueba la tenéis también en los pordioseros que a pesar de carecer de todo lo más indispensable para la vida (pues muchos de ellos viven años y años durmiendo en distinto lugar), veréis que no por eso atentan contra su miserable existencia, sino que, muy al contrario, se habitúan a las privaciones, se embrutecen, porque la miseria embrutece, dudablemente, pero conservan el instinto de conservación porque el amor a la vida es superior a todos los dolores. "El Espíritu ama a su cuerpo, por defectuoso y repugna que sea, porque le sirve para su adelanto y porque la ley progreso indefinido impone esa unión entre el alma human el organismo; son dos entidades que la una sin la otra no ti valor alguno, pues si bien el Espíritu vive sin cuerpo en el espacio, también es cierto que los mundos como el vuestro en otros más adelantados, sin un organismo apropiado a condiciones del planeta en que quiera habitar no puede rozar sus empresas, no puede asociarse a la vida de aquel que le atrae por sus magnificencias y por los recuerdos despierta en su mente la estancia en él de seres queridos lazados a su eterna historia.

De los muchos errores que propagado las religiones, uno de ellos, el más perjudicial, sin duda alguna, es el desprecio que han hecho del cuerpo humano, destrozándolo con cilicios, golpeándolo con disciplinas, debilitándolo con ayunos, cubriéndolo de asquerosa suciedad, puesto que con los hábitos de lana en contacto con el cuerpo, éste ha desarrollado con el calor parásitos que le han mortificado y que le han hecho objeto repugnante que se ha arado por las personas cultas con lástima y desprecio. "Esto hicieron las religiones en su infancia y de ese error han participado algunas filosofías, no precisamente descuidando y olvidando las leyes higiénicas que imponen el aseo, la limpieza y la moderada y sana alimentación, pero sí diciendo hasta los que os llamáis espiritistas: ¡Ay, cuándo llegará la hora de dejar la Tierra! ¡Si me dejan voy a estar en el Espacio siglos y siglos sin este cuerpo que tanto me pesa, sin esta materia tan exigente! ¡OH! La vida del Espíritu es la verdadera vida. "Estas inocentes exclamaciones conservan el sabor del idealismo religioso que es la anonadación del Ser. ¿Qué pensáis que pueden gozar los Espíritus en el Espacio cuyo adelanto, les permite salir de la órbita trazada por su trabajo y por progreso relativo? ¿Creéis acaso que disfrutan de la gloria pintada por las religiones?

"Los Espíritus en el Espacio también sufren, también lamentan el tiempo perdido en inútiles aturdimientos, también sienten la separación de los Seres amados y las penas que a estos aquejan; la vida del Espíritu guarda perfecta relación con sus múltiples existencias; no sonríe con la sonrisa del justo el que ha dejado la Tierra sin ser llorado y bendecido; la crisis de la muerte no anticipa los sucesos de la historia eterna del Espíritu; lo que no alcancéis en la Tierra o en los mundos donde habitéis, con vuestra abnegación y sacrificio, lo obtendréis por haber dejado un organismo deficiente para vuestras necesidades. Nada se gana por asalto ni por lances de fortuna; en las regiones de la verdad todo es pesado y medido por las leyes de la más estricta justicia; los que no sois más que medianías en virtudes y en inteligencia, no suspiréis por dejar la Tierra porque no conseguiréis más gloria que la que merezcan vuestros hechos. "No despreciéis el tiempo que tenéis a vuestra disposición a progresar y perfeccionaros, porque no tenéis más riqueza ni poseéis más tesoro que las horas que sepáis emplear en bien de vuestros semejantes, que os son de gran provecho, porque el que difunde la luz es porque en sí mismo lleva el foco.

"Hechas estas consideraciones, que hemos creído necesario, os diremos algo aún no en concreto sobre el pasado de los dos Seres que dejaron su envoltura en un mar de trigo. "No sois vosotros solos los que habéis preguntado a los Espíritus qué hicieron ayer las víctimas de tan inesperada catástrofe, y a otros amantes de saber, como vosotros, les han sido dado detalles circunstanciados de cómo y dónde vivieron ayer los que han muerto hoy ahogados por esa preciosa semilla que sirve de alimento a la mayor parte de la humanidad. Por nuestra parte, no somos partidarios de citar ni lugares ni fechas, porque vuestra historia (que está muy mal escrita) es, según dijo uno de vuestros sabios, una conspiración contra la verdad, lo cual es tan cierto, que no conocéis del pasado más que las invenciones de acaloradas fantasías de Espíritus apasionados a sus exclusivos ideales, y si en vuestros días observáis que los hechos más vulgares son desfigurados por vuestros historiadores, calculad si los cronistas del pasado habrán mentido a su placer. Así es que tenemos costumbre de referir hechos omitiendo fecha y lugar, porque la acción verificada ni pierde ni gana importancia con saber que fue ejecutada a las orillas del río, o en las márgenes del, Guadalquivir, bajo las brumas del Támesis, o ante las oleadas del Sena; el teatro es lo de menos, el asunto del drama es lo que interesa y lo que ejerce influencia en el progreso y en el porvenir del Espíritu.

"Estas dos pobres mujeres del pueblo son dos Espíritus unidos por los lazos más íntimos de la vida y, muy principalmente, por la identidad de sus aspiraciones. "Han pertenecido en varias existencias a la casta sacerdotal, que siempre ha sido avara (salvando contadas y honrosas excepciones). Especialmente, en una existencia no muy lejana esos dos Espíritus contrajeron la horrible deuda que han pagado hace pocos días. Pertenecieron a la casta privilegiada de grandes sacerdotes, y eran venerados y temidos por el humilde rebaño que en torno de ellos vivía miserablemente, después de pagar diezmos y primicias a la santa madre Iglesia Católica Apostólica Romana. "Entre los que pagaban tal tributo había dos ancianos labradores que eran hermanos gemelos, vivían juntos después de ambos haber perdido esposas e hijos, resultando de tantas enfermedades y muertes la total ruina de Juan y de Pablo, quienes no tenían en su ancianidad más que una pobre casita y algunas hectáreas de terreno labrado, embargadas por diversos acreedores. En tal situación mal podían pagar a la Iglesia la cantidad estipulada por aquélla, y así lo hicieron presente a los recaudadores eclesiásticos. Estos dieron cuenta a sus superiores, quienes no desdeñaron en visitar la humilde morada de Juan y Pablo, pues les tenían marcada ojeriza porque eran librepensadores, de los que ha habido en todas las épocas y han protestado contra los absurdos religiosos.

"La conferencia entre los cuatro fue amenazadora por parte de los débiles, quienes se quejaron de una Iglesia que exigía a los pobres lo que ella en cambio les debía ofrecer, puesto que se encontraban ancianos, pobres y sin nadie que les cuidara en su indigencia. "Juan y Pablo dijeron grandes verdades, y aquel tiempo el decir la verdad era firmar la sentencia de muerte, pero las almas leales no temen el martirio, y aunque presagiaban que pagarían muy cara su osadía, hablaron a los padres de la Iglesia con esa franqueza ruda de que hacen uso los Espíritus libres, y los ministros de Dios les mandaron poner una mordaza, se incautaron de las tierras embargadas y de la pobre casita, y a pretexto de que tenían dinero enterrado, que mentían como unos bellacos y que habían insultado a la Iglesia, les atormentaron algunos meses negándoles el alimento necesario, haciéndoles sufrir lentamente la muerte más horrible: la de hambre. Les dejaban sin comer hasta que les veían desfallecer, les alimentaban después para empezar de nuevo el tormento de la inanición, hasta que murieron maldiciendo a sus verdugos; éstos, entre tanto, aprovechando una horrible sequía, se apoderaron de todo el trigo que pudieron, vendiendo después a precio fabuloso, pudiéndose asegurar que cada grano de trigo se convirtió para ellos, en aquella ocasión, en una moneda de oro.

Las muchedumbres hambrientas les pedían misericordia, y entonces, fingiendo una compasión que estaban muy lejos de sentir, les daban trigo averiado, que al ser aprovechado por las masas famélicas desarrolló su consumo una peste asoladora que causó innumerables víctimas, mientras ellos, gozosos de atesorar, no perdonaron medio alguno para comerciar con el trigo extranjero, ya que los campos de su patria estaban endurecidos, negándose en absoluto a dejar germinar en sus entrañas doradas espigas del nunca bien apreciado trigo. "Y aquellos dos tiranos de la humanidad, aquellos dos malvados que nunca conmovió el llanto del pequeñuelo ni la súplica del anciano, ni el ruego desesperado de una madre rodeada de sus hijos hambrientos, murieron tranquilamente en su lecho. La Iglesia celebró pomposos funerales, sus cuerpos fueron depositados en las bóvedas del suntuoso templo y escultores famosos hicieron sus estatuas yacentes, que aún duermen sobre sus marmóreas sepulturas, siendo éstas visitadas por innumerables viajeros, puesto que son verdaderas maravillas de arte. "Así es todo en este mundo, suelen ir a la fosa común los que debían ser canonizados y son a veces santificados verdaderos monstruos de iniquidad. Pero, ¿qué importa que en la comedia de la vida humana se representen papeles a semejanza de lo que se representa en vuestro teatro? ¿Es acaso rey el actor que se cubre con el manto de púrpura y coloca sobre sus sienes la imperial corona? ¡No! Breves horas le dura su efímero reinado, cuando termina la función, cuando el anchuroso coliseo queda desierto, el actor vuelve a ser lo que antes era: un comediante más o menos afortunado. Pues, exactamente, sucede lo mismo al Espíritu cuando abandona ese mundo; ya puede haber vivido en un alcázar, ya puede haber sido su menor capricho una ley oprobiosa, se encuentra en el Espacio como el actor al salir del teatro, sin más grandeza ni más predominio que sus muchas o escasas virtudes.

"En la Tierra podrá seguir la farsa, podrá canonizarse a un verdugo de la humanidad; esto no impedirá que el verdugo vuelva a ese mundo a pagar ojo por ojo y diente por diente, como les ha sucedido a los dos ambiciosos acaparadores de trigo que volvieron a ese planeta en una posición humildísima y han comenzado a pagar sus deudas muriendo ahogados en un mar de trigo, como todo el grano alimenticio que ellos negaron a las hambrientas multitudes. Justo es que se ahoguen cien y cien veces, pues no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla; si así no fuera, si la injusticia v la ceguedad humana fueran un trasunto de la justicia, habría motivo para que enloquecieran todos los hombres que pensaran, porque la inteligencia se perdería en un caos; mas, afortunadamente, no es así, nadie es dichoso por privilegio, ni nadie es desgraciado por abandono de la Providencia, cada uno tiene lo que legítimamente merece, y si os fijáis en lo que os rodea, si estudiáis detenidamente en los capítulos que forma cada familia de la historia humana, veréis que dejando aparte los que vienen a saldar cuentas terribles, la mayoría de los terrenales no sufren más que las consecuencias de sus desaciertos. Muchos gimen en la miseria porque en la misma encarnación malgastaron lo que poseían, otros adquieren deudas (y con ellas serias inquietudes) porque no saben resignarse a vivir en una honrada y tranquila medianía, y más de y una grave enfermedad a veces os aqueja porque satisfacéis inmoderadamente vuestros apetitos y os creáis el mal con vuestras imprudencias.

No olvidéis que igual relación guardan todos los actos de la vida, pues nadie tiene más felicidad que aquella que él mismo se ha creado. Por eso a veces veis pordioseros que sonríen casi en el colmo de la dicha, y es que la perfecta tranquilidad de su conciencia les rodea de luz en medio de la sombra más densa. "Ya lo sabéis, nadie tiene más reposo y bienestar que el que él crea; compadeced siempre a los que mueren como las desdichadas mujeres, ahogadas en un mar de trigo. ¡Ay de aquellos que abandonan la Tierra sin preparar su Espíritu para ese acto solemne llamado muerte! "Adiós".

* * *

Grandes verdades encierra la anterior comunicación. Cada hombre es hijo de sus obras, y podemos quedar convencidos de que las narraciones de la historia engañan a los terrenales, pero no a los que abandonan este planeta. Debemos procurar que nuestros actos no nos hagan contraer deudas en ningún terreno, y así, al concluir la función de teatro, el actor que se desempeñó en el papel de rey por algunos momentos, logre quitarse el manto de púrpura y armiño sin que le quede en traje propio el más leve jirón.

Atesoremos virtudes practicando buenas obras, para que al dejar la Tierra, aunque exhalemos nuestros últimos suspiros en humilde albergue, verdad de nuestros hechos resplandezca aquí y allá, y aunque nuestros restos sean arrojados a la fosa común, tenga nuestro Espíritu la inmensa satisfacción de exclamar: ¡dejé la Tierra en paz con mi conciencia y volveré a encarnar sin temor alguno! Feliz el que contempla su pasado sin remordimiento y sonríe tranquilo ante la esplendorosa aurora de su porvenir.

Amalia Domingo Soler

Extraído del libro "Hecho que prueban"