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Allan Kardec
Escrito por Administrador   
Lunes, 27 de Septiembre de 2010 15:21

La tierra se conmueve de alegría; el día del Señor se aproxima; todo lo que es cabeza entre nosotros desea entrar en liza. Desde este momento algunos valerosos Espíritus encarnados sacuden de sus cuerpos las cadenas; la carne no sabe que pensar; un fuego desconocido la devora; ellos, los Espíritus, serán libertados, porque los tiempos han llegado; una eternidad gloriosa viene a reemplazarla; Dios cuenta a sus hijos. El reinado del oro cederá su puesto a otro reinado más puro; el pensamiento será dentro de poco soberano, y los Espíritus elegidos que encarnaron en épocas atrasadas para iluminar su siglo y servir de jalones a los siglos futuros, quieren reencarnar entre vosotros. ¿Qué digo? Muchos han encarnado ya. Su elocuente palabra será llama devoradora que causará perjuicios irreparables en el seno de los viejos abusos. ¡Qué de añejos prejuicios caerán a un solo golpe, tan luego como el Espíritu, semejando a un hacha de dos filos, los ataque en sus fundamentos!

Sí, los padres del progreso del Espíritu humano han abandonado, los unos sus moradas de luz, los otros sus grandes trabajos en los que a la felicidad unían el placer de instruirse, para venir a escoger el bastón del peregrino que habían depositado en el quicio de la puerta del templo del saber. Muy pronto los sabios oficiales verán surgir con terror de los cuatro ángulos del globo a los genios imberbes que aspirarán, con un lenguaje profundo, a modificar los argumentos de los primeros, aquellos argumentos que se creían irrebatibles.

La sonrisa sardónica no podrá serles un escudo invulnerable, y so pena de descrédito, tendrán que contender. Desde este instante quedará a descubierto el circulo vicioso a que se aferran los maestros de la vana filosofía, mientras que los nuevos campeones llevarán en sí, no solamente la llama de la inteligencia desembarazada de todo velo, sino, algunos, cierto estado particular privilegio exclusivo de las almas grandes, como Jesús, que da el poder de curar y hacer maravillas hasta hoy reputadas de milagrosas. Ante hechos semejantes en que el Espíritu se mostrará superior a la materia, ¿cómo negar la existencia del primero?

El materialismo será anulado en sus progresos y rechazado de los dominios que posee, por la palabra, más elocuente que la suya, y por el hecho patente, positivo y demostrado que permitirá a todos, grandes y pequeños, tocarlo con el dedo. Si, el viejo mundo se conmueve, el viejo mundo fina, y con él, todos los dogmas que subsisten no más que por el oropel con que se les cubre. Espíritus valerosos, a vosotros os está encomendado escudriñar su falso brillo. ¡Atrás los que queréis en vano sostener este falso ídolo! Si persistís en vuestro empeño, seréis arrastrados con él en su caída.

Atrás todos vosotros, negadores del progreso; atrás, creyentes de otras edades. ¿Por qué negáis el progreso y queréis oponeros a su paso? Claro lo habéis dicho al condensar vuestro pensamiento en artículos de fe, al decirle a la humanidad: "Tú serás siempre el niño y nosotros, que hemos recibido de lo alto la luz divina, somos los destinados a conducirte." Habéis visto que los andadores del niño se os escapan de la mano, que el instante salta delante de vosotros, ¡y, sin embargo, negáis que pueda caminar solo! ¿Será con la impresión que puedan causarle los andadores con lo que vosotros le probareis la autoridad de vuestros argumentos?

No, vosotros lo sabéis bien, pero es muy dulce, cuando uno se ha llamado infalible, creer que los otros conservan aún la fe en esa infalibilidad en que no creéis vosotros mismos. ¡Ah!, ¡pero esos gemidos no los exhaláis dentro del santuario! ¡Esos gemidos sólo los percibe el que aplica atento oído a los cuchicheos que en vosotros arranca el dolor! ¿Qué, pues, decís vosotros, pobres obstinados? ¿Que la mano de Dios se deja sentir sobre su Iglesia? ¿Que por toda la prensa libre se os ataca y se combaten con fuerza vuestros argumentos? ¿Cual será el Crisóstomo nuevo que con su palabra reducirá al no ser, a este diluvio de racionalistas? En vano lo intentáis; vuestras plumas, aun las más vigorosas y acreditadas, no pueden nada; se obstinan en reconstituir el pasado que se va, mientras que la generación nueva, con el vuelo del progreso que la empuja hacia adelante, grita: ¡Nada de lo pasado, venga el porvenir; una nueva aurora amanece y a ella tienden nuestras aspiraciones! ¡Adelante!, dice de nuevo; despejad la ruta, nuestros hermanos nos siguen; seguid la ola que nos impele; vamos a la cabeza del movimiento que es la vida, mientras vosotros nos presentáis la inmovilidad que es la muerte. Abrid vuestras tumbas, vuestras catacumbas; posad vuestra mirada sobre las ruinas de un pasado que no ha de volver.

Vuestros santos mártires no han muerto para inmovilizar su presente. Han entrevisto nuestra época y se han lanzado a la muerte como sobre la vía que ha de conducirles a la vida. A cada época su genio; nosotros queremos lanzarnos a la vida, porque los siglos futuros que aparecen sienten horror a la muerte. Ved, queridos amigos, lo que los valerosos Espíritus que se encarnan al presente tienen por misión hacer comprender. Este siglo no acabará sin que las ruinas obscurezcan el sol. La guerra mortal y fratricida desaparecerá muy pronto ante la discusión; la inteligencia reemplazar a la fuerza bruta, y después que todas las almas generosas hayan combatido, entrarán en nuestro mundo espiritual para recibir la corona del vencedor.

He ahí el fin, amigos míos; los campeones son muy aguerridos para que el resultado sea dudoso. Dios ha escogido lo mejor de sus combatientes, y ha adquirido la victoria la humanidad. Regocijaos, pues, vosotros todos los que aspiráis al bien y que queréis que vuestros hermanos participen de él como vosotros. ¡El día ha llegado! La tierra rebosa de alegría, porque va a ver comenzar el reinado de la paz prometido por Cristo, el divino Mesías; reinado del que él vino a echar los cimientos.

Un espíritu

30 de enero de 1866 (Lyón. Grupo Villón. Médium, Mr. G.)

Allan Kardec

Extraído del libro "Obras póstumas"