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Doctrina materialista PDF Imprimir E-mail
Allan Kardec
Escrito por Administrador   
Lunes, 10 de Mayo de 2010 15:17

"La inteligencia del hombre es una propiedad de la materia; nace y muere con el organismo. El hombre es nada antes y nada después de la vida corporal".

Consecuencias. No siendo el hombre, más que materia, solo son reales y envidiables los goces materiales; los afectos morales carecen de porvenir; a la muerte quedan rotos para siempre los lazos morales; las miserias de la vida no tienen compensación; el suicidio viene a ser el fin racional y lógico de la existencia, cuando no hay esperanza de alivio en los sufrimientos, inútil es contrariarse para vencer las malas inclinaciones: mientras estamos en la tierra, debe vivirse para sí lo mejor posible; es una estupidez molestarse y sacrificar su reposo, su bienestar por otros, es decir, por seres que a su vez serán anonadados y que jamás volverán a verse; los deberes sociales quedan sin base; el bien y el mal son cosas convencionales y el freno social se reduce a la fuerza material de la ley civil.

Observación. Acaso no sea inútil recordar aquí a nuestros lectores, algunos pasajes de un artículo que publicamos sobre el materialismo, en la Revue Spirite, de agosto de 1868.

"El materialismo, decíamos, jactándose como en ninguna otra época, erigiéndose en regulador supremo de los destines morales de la humanidad, ha producido el efecto de atemorizar a las masas con las consecuencias inevitables de sus doctrinas en el orden social, y por esta misma razón, ha provocado a favor de las ideas espiritualistas una enérgica reacción, que debe probarle que esta muy lejos de disfrutar de tan generales simpatías como supone, y que se engaña notablemente si espera imponer algún día sus leyes al mundo.

"Ciertamente las ideas espiritualistas del pasado son insuficientes a nuestro siglo; no están al nivel intelectual de nuestra generación: en muchos puntos se contradicen con las conquistas ciertas de la ciencia; dejan en el animo ideas incompatibles con el anhelo positivista que domina en la sociedad moderna; incurren, por otra parte, en el grave renuncio de imponerse por la fe ciega y de proscribir el libre examen, y de aquí sin duda alguna el desarrollo de la incredulidad en el mayor número. Es evidente que si a los hombres se les alimentase desde la infancia con las ideas que más tarde fuesen confirmadas por la razón, no habría incrédulos. ¡Que de personas, que han vuelto a la creencia por el Espiritismo, nos han dicho: "Si siempre se nos hubiera presentado a Dios, al alma y a la vida futura de un modo racional, nunca hubiésemos dudado!"

"Porque un principio sea mal o falsamente aplicado, ¿se sigue que debemos rechazarlo? Sucede con las cosas espirituales como con la legislación y todas las instituciones sociales, que, so pena de que perezcan, es preciso apropiarlas a los tiempos. Pero, en vez de presentar algo mejor que el caduco espiritualismo, el materialismo ha preferido suprimirlo todo, lo que le dispensaba de la investigación, y parecía más cómodo a aquellos a quienes importuna la idea de. Dios y del porvenir. ¿Qué se diría de un médico, que notando que el régimen seguido por el convaleciente no es bastante substancial para su temperamento, le ordenase que no comiese nada?

"Lo que más admira en la mayor parte de los materialistas de la escuela moderna, es el espíritu de intolerancia llevado a sus últimos límites; ¡ellos, que reivindican sin cesar el derecho de la libertad de conciencia!...

"Hay en este momento y por parte de cierto partido, una conjura contra las ideas espiritualistas en general, entre las que se halla naturalmente comprendido el Espiritismo. Lo que busca el materialismo no es un Dios más justo y mejor, sino el Dios-materia, menos molesto, porque no han de dársele cuentas. Nadie niega a semejante partido el derecho de tener su opinión y de discutir las contrarias, pero lo que no puede concedérsele, es la pretensión singular, por lo menos en hombres que se erigen en apóstoles de la libertad, de impedir a los otros que crean a su manera y discutan las doctrinas que no aceptan.

Intolerancia por intolerancia, no es mejor la una que la otra"…

Allan Kardec

Extraído del libro "Obras póstumas"